De presupuesto a factura sin volver a teclear nada

El mismo pedido tecleado cuatro veces son cuatro oportunidades de equivocarse. Qué aporta cada eslabón de la cadena presupuesto → pedido → albarán → factura, por qué convertir no es copiar y cómo se factura la mitad sin perder de vista lo que queda.

Son las 19:40 de un 31 de enero. Marta está cerrando el mes y tiene delante tres papeles del mismo cliente: un presupuesto de 42 líneas aceptado por correo, dos albaranes de entrega y un post-it que dice «faltan los 12 soportes, van la semana que viene». Tiene que emitir la factura. Y lo que va a hacer es abrir el presupuesto, copiarlo entero, borrar a mano las líneas que aún no han salido y ajustar cantidades en cuatro de ellas.

Va a tardar treinta y cinco minutos y va a colar un error. No porque Marta sea descuidada: porque el sistema le está pidiendo que haga a mano una resta que debería estar hecha.

Esa resta —lo pedido menos lo servido— es toda la cadena de documentos de ventas. El resto son detalles.

Qué aporta cada eslabón (y por qué no sobra ninguno)

La tentación en una pyme pequeña es saltarse pasos: «yo hago presupuesto y factura, lo de en medio es papeleo». Funciona hasta el día que sirves en dos veces o el cliente discute una cantidad. Cada documento responde a una pregunta distinta, y esa pregunta no la contesta ningún otro.

Documento La pregunta que contesta Compromiso que crea
Presupuesto u oferta ¿A qué precio y en qué condiciones lo haríamos? Ninguno, es una propuesta con fecha de caducidad
Pedido ¿Qué ha aceptado el cliente y qué le debemos? Compromiso comercial: nace lo pendiente de servir
Albarán ¿Qué ha salido físicamente y cuándo? Entrega real: es donde se mueve el stock
Factura ¿Qué le cobramos y cuándo lo pagará? Compromiso económico y fiscal: nace el vencimiento

Fíjate en la última columna. El presupuesto no debe tocar el almacén ni la tesorería. El pedido no debe tocar el almacén ni el registro de IVA. El albarán mueve existencias pero no genera derecho de cobro. La factura genera el cobro y el registro fiscal, pero no vuelve a mover nada del almacén, porque eso ya pasó.

Cuando alguien te cuenta que su programa «descuenta stock al facturar y también al hacer el albarán», no te está describiendo una opción de configuración: te está describiendo un descuadre.

Convertir no es copiar

Aquí está el corazón del asunto y es donde se separan las herramientas serias de las que solo hacen papeles bonitos.

Cuando conviertes un presupuesto en pedido, hay dos maneras de hacerlo:

  1. Copiar: el pedido nace con una copia suelta de las líneas. A partir de ahí, presupuesto y pedido son dos islas. Nadie sabe si el pedido salió de ese presupuesto ni cuánto de aquel presupuesto sigue sin convertir.
  2. Convertir con líneas nuevas enlazadas: cada línea del pedido es una línea nueva, con su propia cantidad y su propio precio, que guarda de qué línea de origen viene. No comparten fila: apuntan a ella.

La segunda parece más complicada y es la que resuelve la vida real. Porque la vida real es que el cliente acepta 100 unidades de un presupuesto de 140, que sirves 60 hoy y 40 el mes que viene, y que quieres facturar lo servido sin quedarte a ciegas con lo que falta.

Si las líneas fueran compartidas, no podrías tener cantidades distintas en cada eslabón: el albarán de 60 tendría que mentir sobre el pedido de 100. Si fueran copias sueltas, tendrías las cantidades correctas pero nadie sabría relacionarlas. Con líneas nuevas enlazadas tienes las dos cosas: cada documento dice la verdad de su momento, y el enlace permite calcular en cualquier instante cuánto queda pendiente en el origen.

Así es como funciona en PlanerGes, y es una decisión de diseño, no un detalle técnico: convertir siempre crea líneas nuevas que apuntan al origen, nunca líneas compartidas.

Lo pendiente es un cálculo, no un campo que alguien rellena

Con la cadena bien montada, el pendiente deja de ser una gestión y pasa a ser una consulta. Sobre una línea de pedido de 100 unidades:

  • Se han generado albaranes por 60 → pendiente de servir: 40.
  • Se ha facturado el albarán de 60 → pendiente de facturar: 0 de lo servido, y sigue habiendo 40 pendientes de servir.

Nadie ha tocado un campo «pendiente». Nadie ha marcado el pedido como «servido parcialmente» a mano. El estado sale de los enlaces. Y eso significa que no puede desincronizarse, que es exactamente lo que le pasa a cualquier campo que se actualiza a mano un viernes a las 19:40.

El día que el cliente llama preguntando por sus 12 soportes, la respuesta no está en el post-it de Marta: está en la línea del pedido, que sigue con 12 pendientes desde el 14 de enero.

El coste real de teclear cuatro veces

Hagamos el cálculo con números de una pyme normal, y trátalo como el ejemplo que es. Supón 60 pedidos al mes de 8 líneas de media.

  • Teclear un documento de 8 líneas desde cero: entre 4 y 6 minutos si el artículo está en el maestro, más si hay que buscarlo.
  • Cuatro documentos por operación tecleados a mano: unos 20 minutos. Convertidos en cadena: el tiempo de revisar y confirmar, un par de minutos.
  • 60 pedidos × 18 minutos ahorrados ≈ 18 horas al mes. Media jornada semanal de una persona.

Pero el tiempo no es lo caro. Lo caro es la tasa de error. Si teclear una línea tiene una probabilidad pequeñísima de fallo —digamos un 0,5 %, un dígito bailado cada doscientas líneas—, con 60 pedidos de 8 líneas tecleados cuatro veces son 1.920 líneas al mes: unas diez líneas mal al mes. Alguna será un precio por debajo del pactado que nadie detectará hasta el cierre, y alguna será una cantidad de más que se irá al cliente y volverá con portes.

En la cadena encadenada esas 1.920 líneas se convierten en 480 tecleadas una sola vez. El resto se calcula.

Las cuatro trampas que se ven en cualquier implantación

  1. Facturar desde el pedido «porque va más rápido». Si facturas saltándote el albarán, has emitido una factura de mercancía que quizá no ha salido, y el almacén y la factura empiezan a contar historias distintas.
  2. Modificar el albarán después de facturarlo. El albarán es la foto de lo que salió ese día. Si cambia, la factura que lo recogía deja de cuadrar. Se corrige con otro documento, no editando el pasado.
  3. Cambiar el precio en la factura y no en el pedido. El precio pactado vive en el pedido. Si lo cambias solo al final, la próxima vez que ese cliente pida lo mismo volverás a discutir.
  4. Cerrar pedidos a mano para «limpiar la lista». Si un pedido queda con 3 unidades pendientes que el cliente ya no quiere, ciérralo con el motivo correcto. Borrarlo mata el histórico de por qué se quedó a medias.

La comprobación de cinco minutos

Abre tu sistema actual y haz esto con un pedido real:

  1. Sirve la mitad de una línea en un albarán. ¿Te deja? ¿Te dice cuánto queda?
  2. Factura ese albarán. ¿Vuelve a moverse el stock? Si se mueve dos veces, tienes un problema estructural.
  3. Busca ahora el pedido original. ¿Sabes desde el propio pedido qué albaranes y qué facturas han salido de él?
  4. Pregunta al sistema qué tienes pendiente de servir hoy, de todos los clientes. ¿Sale un listado, o sale una persona a mirar una carpeta?

Si has fallado la 3 o la 4, no necesitas más módulos: necesitas que tus documentos estén enlazados. Es lo que hay debajo de casi todo lo demás en un ERP para pymes que se use de verdad, y es lo que hace que el 31 de enero a las 19:40 Marta esté cerrando el mes en vez de reconstruyéndolo.

Por PlanerGes En Ventas